Jose, otra oportunidad

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Jose tiene 52 años y es andaluz, de Huelva capital. Desde hace casi dos meses todos los días se levanta, se peina, se viste con sus mejores ropas y se sienta en un rincón de la calle San Vicente, donde pasa toda la mañana. Lo primero que hace al llegar es pegar su currículum en una pared junto a un cartel que reza: “se busca trabajo”.

Gracias a eso le han salido cuatro empleos en la hostelería, el sector dónde acumula más experiencia, pero se trataba de eventos puntuales o restaurantes alejados a los que no podía llegar sin vehículo. Todavía no entiende como ha podido acabar en esta situación, se ve mal y reconoce que no sabe por dónde tirar, que solo necesita un empleo.

Comparte una habitación con su novia en un piso alquilado por la que pagan 250 euros al mes. Ella, Maika, trabaja los fines de semana cuidando a una mujer mayor y cobra 160 euros mensuales. “Ahora mismo”, admite Jose, “nuestra mayor preocupación es poder pagar el alquiler ya que nos faltan 170 euros antes del 5 de diciembre para no vernos en la calle”.

Cuando llegó a Valencia fue directo a la Casa Caridad de la Pechina dónde vivió un mes y conoció a Maika, a quien denomina “su mujer”. Pero como empezaron a tener algún ingreso un asistente social les “invitó” a irse y les buscó una habitación. “Me siento un poco engañado porque nos dijo que estaba en una buena zona, pero la verdad es que está lleno de delincuencia y drogas y prefiero no invitar a ninguna visita”, explica Jose refiriéndose a un área conflictiva del barrio de Orriols.

Ha trabajado desde que era adolescente pero en su vida laboral solo constan 11 años cotizados a causa de los malos contratos, las estafas de las empresas a la Seguridad Social y los sueldos en negro, una constante en todos sus empleos. No obstante, no echa balones fuera y asegura que han sido sus malas decisiones las que lo han llevado a su situación actual. “Yo no he tenido una mente de largo plazo, me he dejado llevar por la gente y no he mirado nunca por el mañana”, afirma. El negocio de la cocaína, en el que se vio envuelto, también marcó un antes y un después en su vida.

Un porvenir de ensueño

Tenía, relata, un futuro prometedor. Fue al instituto, estudió un FP de mecánica y era buen futbolista, tanto que jugó durante muchos años en clubs de primera división como el Recreativo de Huelva, el Sevilla CF y el Betis. Mientras, trabajaba en el bar de la Delegación de Ciegos para ayudar económicamente en casa ya que su padre murió cuando él tenía solo 13 años.   “Un día me dijo que a partir de entonces iba a ser el hombre de la casa”, recuerda Jose, “era por la mañana… a la una y media murió en el hospital de un tumor en la cabeza que ningún médico le detectó”. Asume que eran otros tiempos y que en su ciudad la medicina no estaba muy avanzada, pero todavía se entristece al pensarlo.

Desde entonces, trabajó en muchos lugares: en los astilleros, en una oficina de sereno, en el bar que heredó de su padre… Pero un día lo dejó todo por una oferta de encargado de una discoteca. Vendió incluso el bar familiar. “Era joven y no pensé con la cabeza”, suspira.

En ese momento vivía bien. Montó algunos negocios en la playa, avaló otros de los que al final no recibió ninguna retribución, tuvo tres coches, varias casas y seguía con su carrera futbolística. “¡Incluso me querían pagar 7.000 pesetas para que fuese a jugar al Valladolid!”, exclama, todavía con ilusión.

Pero a partir de los 28 años la situación empezó a cambiar: pasó varios meses en prisión provisional por un juicio de tráfico de cocaína. Se ríe tímidamente, no sabe qué contar, todo eso fue hace tiempo pero teme que se le juzgue por ello. Cuenta que su gestor empezó a invertir dinero en un negocio de compra de cocaína que venía de Colombia. Al principio, asegura, él no sabía nada y cuando se enteró, no se opuso: “mis ganancias se multiplicaban y, total, yo solo ponía el dinero, no me manchaba las manos”, cuenta. En ese momento tenía 27 años. Era el encargado de 49 personas en distintos bares y discotecas y jugaba en el Recreativo de Huelva. Un día la Guardia Civil le detuvo y pasó unos 8 meses en prisión a la espera de juicio. Admite que se dejó “liar” y recalca que a él no le gustan las drogas y que nunca ha vuelto a caer en nada similar: “a mi me sobra con un cubata, un ginlemon y todos los paquetes de Malboro que hagan falta, eso sí”, bromea, para sacarle un poco de hierro a su situación.

Sin sueldo, sin pensión, sin trabajo

Su infancia, admite, fue un poco difícil. Sufrió malos tratos que no concisa y abusos sexuales que considera “leves” por parte del cura del colegio. Nunca denunció ni dijo nada a sus padres, pues pensó que no le tomarían enserio, pero piensa que todo eso influyó en su autoestima y que el no quererse a si mismo le ha llevado a hacer cosas que no quería. Se ha casado dos veces y tiene tres hijas que se llevan bien, pero hace mucho que no habla con ellas y prefiere no llamarlas dada la situación. “No quiero que sepan como estoy, ni pedirles nada, cuando pueda ayudarlas yo a ellas las llamaré”, afirma.

Les dejó una casa a cada una antes de que la vida se le fuese de las manos.   “Por ser buena gente, por confiar”, repite mil veces. Antes de llegar a Valencia, ciudad a la que vino porque le gustan muchos los valencianos, trabajó 3 años de camarero en Granada, hasta que no pudieron pagarle y tuvo que irse por no poder hacerse cargo del alquiler. “Piru(la propietaria) me dijo que siguiera en la casa y yo le pagara cuando pudiera, pero yo no quería deber y me fui a Sevilla a buscar trabajo”, asegura. A partir de entonces, alquilar un piso fue más difícil para él, ya que en muchos le pedían una nómina y en otros meses de fianza que no podía pagar. Trabajó los fines de semana en el bar de la Cámara de Comercio, dónde tuvo problemas con el contrato y el paro y , “por unas cosas y otras”, perdió la antigüedad, y con ella la ayuda de los 426 euros. “No le echo la culpa a nadie, aunque fue por temas del contrato, es fallo mío por no estar más pendiente”, asegura.

Lo que más le cuesta es levantarse por la mañana y salir a pedir, pero reconoce que si quiere comer todos los días y ahorrar para pagar el alquiler no tiene otra opción. Lleva gafas de farmacia con las que no ve de cerca, y se queja, se queja mucho porque sabe que son una herramienta de trabajo y no tenerlas le quita oportunidades. “Yo necesito las gafas para trabajar… gracias a que cuando hago servicio de bodas (catering) no tengo que hacer comandas, pero si tengo que apuntar lo que la gente me pide no me veo bien”, asegura.

Repite mil veces que todo lo que cuenta es verdad, como si por buscar trabajo en la calle hubiese perdido su legitimidad. Lo dice, sobre todo, porque sabe más cosas de las que cuenta. Insinúa que existe una trama de policías nacionales implicada en casos de tráfico de cocaína y que 4 agentes de Huelva ya han sido expulsados del cuerpo. “Cuando iban a hacer una redada” explica, “avisaban a quienes les parecía para que no los cogieran y luego se llevaban comisiones”. No quiere tener problemas ni contar nada más, solo dejar constancia de que la justicia no es igual para todos. Sus ojos se quedan fijos por un momento, parece que siempre guardará algunos secretos.

Ha tenido algunos problemas con el alcohol pero asegura que siempre sale, aunque es duro y la realidad aprieta. Le da miedo el círculo en el que se mueve y quiere salir de él lo antes posible. Siente que ha entrado en un callejón sin salida.

“Ahora mismo”, repite constantemente, ” solo quiero un trabajo”. El último que le han ofrecido está en La Albufera y aunque puede ir en autobús, sale tarde y no tiene como volverse. Sin vehículo no lo quieren contratar. Echa currículums por distintos barrios de la ciudad y es consciente de que su edad y el aspecto de su dentadura le ponen en una situación más difícil.

Admite que trabajaría de prueba sin cobrar y solo para que viesen que es profesional. No piensa en las condiciones laborales, los horarios o el tipo de contrato, a pesar de que sabe que si no empieza a cotizar ya no va a tener derecho a pensión. “¡Pero es imposible que alguien me emplee hasta los 65!”, bromea, sabedor de la realidad laboral.

Si tuviese un sueldo estaría cuatro meses sin gastar nada: “pagaría el alquiler, la luz, el agua y me compraría unos zapatos, ya está, a los cuatro meses le compraría un regalo a mi mujer, que se lo merece, y… ¡Ah!, y unas gafas,” fantasea.

Como dice, viene quemado de la vida y a estas alturas solo pide una oportunidad para poder estar tranquilo. Trabajar, llegar a casa, comer y tener un proyecto de futuro. De momento, volverá cada mañana a su rincón de San Vicente tan peinado y bien vestido como siempre.

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 Jose solo es una de las 650.000 personas mayores de 50 años que están en paro en España. Según el Servicio Público de Empleo Estatal (SEPE) casi la mitad de los parados de larga duración supera esta edad y sus oportunidades de contratación son escasas. Se estima que hay medio millón más que no están registrados en las oficinas del paro. Muchos de ellos viven en la calle porque no pueden pagar un alquiler. 

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