Pablo y Jhaled,compañeros de vida

Pablo y Jhaled tienen prácticamente la misma edad. El primero estudia quinto de medicina y vive en el Carmen con su familia; y el segundo, sirio, acaba de llegar a Valencia hace poco más de un mes y… también vive en El Carmen con la familia de Pablo. Se conocieron en verano en Grecia, en un campo de refugiados, y ahora son compañeros de piso.

A los dos les encanta ver prisión break , el kétchup y la paella, de hecho, sentados en una cafetería casi bajo la lluvia, bromean porque son tan parecidos que parecen hermanos separados al nacer. La mayor diferencia es que cuando Jhaled tenía 18 años estalló la guerra en Siria y su vida quedó parada por completo. Acababa de comprase una casa y montarse un taller de mecánica en Daraya, una ciudad cercana al pueblo dónde vivía con sus padres y sus 14 hermanos. “Estaba feliz, los coches son mi pasión”, asegura. Él quería una vida tranquila, ganar dinero y más adelante tener una familia, nunca se había planteado viajar y mucho menos, verse envuelto en un viaje propio de una película de acción y mafias de la que de repente era el protagonista.

 El viaje de Siria a Grecia  

Cuando cumplió la mayoría de edad tenía que presentarse en un cuartel para comenzar el servicio militar obligatorio. En ese momento, la guerra acababa de empezar y todo el mundo sabía que entrar en el ejército suponía matar. Jhaled estuvo tres meses pensando qué hacer: “allí te obligan a matar, si no te matan a ti y yo no quería quitarle el alma a nadie”, recuerda. Por ello, decidió volver a su pueblo y esconderse en las montañas, ya que su casa ya no era segura para él y si el ejército lo cogía allí podía hacerle daño a su familia. Estuvo tres años escondido cazando para comer, construyendo trincheras para protegerse de las bombas y siempre con el miedo de que persiguieran a los suyos por su desaparición.

Un día decidió que tenía que irse, pero…¿dónde? Enumerando con los dedos, explica como Irak, Líbano, Jordania, Egipto o Arabia Saudí tenían cerradas las fronteras. Se enfada: “¡con el dinero y el espacio que tienen los saudíes, allí cabría toda Siria ahora mismo!”. Pensar en las injusticias e intereses de la guerra le agita las manos y hasta le hacer temblar la coca cola en el vaso:

Habla de las bombas de barril que esparcen metralla a diestro y siniestro, de aquél compañero que perdió la pierna por una explosión en la montaña, de cómo el ejército ha tomado su casa del pueblo y su familia ha tenido que emigrar a la ciudad, de su hermano que vive escondido, de la dureza de las cárceles, de las mentiras de Bashar Al Assad, de los países que intervienen sin ayudar…  No, no veía otra salida: tendría que llegar a Europa.

 Dejó su casa el 5 de enero de este año 2016. Recuerda esa fecha perfectamente. Los dos momentos más difíciles para él fueron cruzar Siria, ya que el Ejército del Régimen lo estaba buscando, y llegar a Grecia. Cruzó al continente europeo en patera desde Turquía. Tuvo que deshacerse de casi todo su equipaje y pagar sumas astronómicas de dinero. Era invierno y hacía bastante frío, el mar le asustaba. Recuerda todas las cosas que dejó atrás: vendió sus coches, su casa, sus cosas… En todo el viaje ha gastado 12.000 dólares americanos y aunque ahora piensa que valió la pena, admite que si hubiese sabido lo que le esperaba jamás hubiera dejado su país.

 Al contrario de lo que pensaba, cuando llegó a Grecia no fue muy bien recibido. Primero pasó 9 días en la isla de Quíos, pero se fue porque “no cabía más gente y la única comida que había era una sopa instantánea al día”. Cruzó a Atenas con un grupo de paisanos y al llegar se encontraron con unos funcionarios griegos que les engañaron para subir a un autobús y llevarles fuera de la ciudad.

“Nos dijeron que íbamos a un hotel, que había mucha comida y estaba a media hora andando de la capital”, recuerda Jhaled. La realidad es que iban al campo de refugiados de las Termópilas, un edificio en ruinas, en medio del bosque, a casi tres horas de coche y sin sitio suficiente para dormir. Quiso volver a Atenas pero no le dejaron. Les dijeron que la frontera estaba cerrada y no podrían ir a ningún otro sitio. Jhaled no podía creer que lo recibieran así, a gritos, en un idioma que no entendía… “¡quizás no saben quiénes somos, que huimos de una guerra, que somos personas, que no queremos estar en su país!” Su mirada inquieta revela su incredulidad.

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En el campo de refugiados

Cuando llevaba allí 7 meses, Pablo entró en escena. Llegó con su mochila pero no le esperaban. “La organización de los campos es tan mala que nadie sabía que iba a llegar, pero había una cama libre y me pude quedar”, recuerda. Jhaled se presentó haciéndose pasar por español, “casi se lo cree”, dice a carcajada limpia. ¡Quién iba a decirle que más tarde iba a tener que hacerse pasar por español de verdad para cruzar un aeropuerto con un pasaporte falso!

Compartieron un mes juntos en condiciones muy malas. Jhaled y sus compañeros sirios estaban muy contentos porque con la llegada de los voluntarios españoles, unos 12 o 13, los días empezaron a ser mejores.

“Lo peor”, denuncia Pablo, “fue el comportamiento de los funcionarios griegos”.  Según cuenta, la Unión Europea da entre 20 y 30 euros por refugiado al gobierno heleno, pero esto no se traduce en facilidades para los refugiados. Para empezar, hinchan el número de los habitantes de los campos para ganar más dinero, y para seguir, les reparten siempre la misma comida, no les dan pañales ni compresas, no encienden la caldera para que haya agua caliente… “Para que te hagas una idea”, ejemplifica, en la página oficial del gobierno griego pone que en Termópilas hay 500 personas, pero no llegan ni a 250″

Al recordarlo, el que se enfada ahora es Pablo. “Por lo tanto hay dinero”, exclama, “no es una cuestión económica, entonces… ¿por qué ese trato?”. Los voluntarios españoles denunciaron estas injusticias y ahora tienen prohibida la entrada al campo, por lo que, según les relatan los amigos que siguen allí, la situación es cada vez peor.

 Pablo y Jhaled se despidieron en septiembre en el aeropuerto de Atenas con la promesa de que si éste conseguía llegar a España, Pablo le ayudaría en todo. El 10 de octubre recibió una llamada. “¡Un regalo!”, bromean. Jhaled había comprado un pasaporte español a una mafia y un vuelo directo Atenas-Madrid. “Estaba muy nervioso”, asegura, “si perdía esta oportunidad lo perdía todo… no podía quedarme más en Grecia con mi vida parada, o venía a España o volvía a Siria”.

Su nueva vida en Valencia

Ahora está en Valencia a la espera de recibir sus documentos de refugiado para poder trabajar de forma legal, pero todavía debe esperar 6 meses. Mientras, está aprendiendo español y da clases de árabe particulares para ganar algo de dinero y enviarlo a su país.

Ese ansia por ayudar es algo que también les une. Pablo quiere seguir organizando charlas y debates sobre la situación para concienciar a la gente y que se movilice. “Entre todos podemos hacer algo, una acción puede cambiar la vida de alguien pero es solo una acción. Si todo el mundo lo pedimos, el gobierno lo tendrá que hacer”. Critica el desconocimiento y el miedo y cuenta como incluso médicos con carrera pensaban que él había estado en Siria este verano… “¡En Siria! ¡A Siria no se puede ir!”

Jhaled se ríe. Le gustaría volver a recuperar su vida y sobre todo, traerse a su familia a España. No cree que pueda volver a su país. Ahora mismo, afirma, no puede ni pensar en el. “Allí me han pasado muchas cosas malas, está todo destruido y no quiero recordar… si en España me dicen que me tengo que ir me iré, pero si me puedo quedar quiero hacer mi vida aquí”. Da las gracias a Pablo y a su familia, de la que dice que es la mejor del mundo. “Es un pelota”, le bromea su amigo.

No espera que la guerra termine pronto pero mientras, no se cansará de repetir su historia por si sirve para aumentar la conciencia y que más personas puedan llegar a un entorno seguro y digno. “A la próxima la contarás en español”, dice Pablo irónico después de una conversación de dos horas en inglés. “En poco tiempo haré”, responde Jhaled en español y entre risas. Cuántas cosas pasan en poco tiempo, pienso, recordando su relato.

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Jhaled es uno de los casi 5 millones de refugiados sirios que han tenido que huir de su país. ACNUR estima que desde que comenzó el conflicto en 2011, 50 familias sirias abandonan cada hora su hogar. De todas estas personas, los países “desarrollados” sólo han acogido al 1,39%.

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