Moriba, un color de piel

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Moriba es un chico normal. Tiene 28 años, viste vaqueros y le gusta desayunar un café con leche y un croissant en su cafetería favorita. Así, normal, es como él se ve y como actúa, pero Moriba es negro y sólo por eso tiene que combatir día a día situaciones de racismo que no llega a entender.

Viene de un pueblo del sur de Mali en el que vivía con su familia y estudiaba. Allí el colegio no empieza hasta los 7 u 8 años así que cuando decidió dejar sus estudios a los 24, todavía no había terminado los cursos previos a la universidad. No quería estudiar más. Todos los días veía como los jóvenes universitarios de su país no tenían ninguna oportunidad para trabajar a no ser que conocieran a alguien del gobierno o a alguna familia importante: “acaban la carrera y no pueden hacer nada más, muchos se desesperan y pasan el día fumando marihuana y en depresión”, asegura Moriba, que no quería acabar en la misma situación. Su padre, que tiene una tienda en la capital del país, emigró a Francia hace muchos años y sus dos hermanos también viven en suelo europeo. Les veía bien. Al igual que a todo el mundo que volvía de Europa con sus vidas nuevas: “llegan cambiados, con dinero para comprar casas, coches y buena ropa, yo lo veía y pensaba que podía conseguir lo mismo”, recuerda.

Si se quedaba en Mali, solo podría ocuparse del negocio de su padre pero tendría que compartir las ganancias con sus hermanos y nunca podría llegar a tener un buen nivel de vida. Esa motivación por tener un sueldo mejor lo trajo hasta aquí. Su padre le insistió en que terminara los estudios pero al final le redactó una carta de invitación para poder volar a Francia. Así fue como Moriba llegó a París, dónde vivió con su hermana una temporada. Después decidió mudarse a España, primero con su hermano en Zaragoza y más tarde a Valencia, porque tiene mar y le gusta.

Su vida en Valencia

Tiene esos pequeños problemas de todo el mundo que emigra, pero nunca ha pasado hambre ni le ha faltado un techo. Su familia, asegura, le ayuda en todo, desde pagar la fianza del piso a conseguir un abogado para tramitar sus papeles, “que no es fácil”.

Ya lleva cuatro años aquí y, asegura, ha tenido suerte. Trabaja desde hace tres en una fábrica de madera en Benifaió en la que le ofrecen buenas condiciones laborales: un contrato, ocho horas diarias de trabajo, vacaciones y unos 1.000 euros al mes.

Todos los días coge el metro en Valencia hasta Font de Almaguer y anda unos kilómetros hasta la fábrica. Realiza este trayecto dos veces al día pero no tiene ninguna queja al respecto. Le gusta su trabajo y está agradecido porque sabe que si trabaja bien puede estar ahí mucho tiempo. “Tengo amigos que llevan ya 10 años, yo quería eso, un trabajo estable que me de tranquilidad y ahorros”, asegura Moriba. Vive en Patraix dónde comparte piso con un chico también de Mali que trabaja en el campo.

Le gustaría tener más vida social pero explica que sus compañeros están casados y que aquí en España “se hace mucha vida en pareja”. Cuenta que en Mali la gente se junta más en la calle en grupos grandes y que por la tarde salen todos juntos. “Aquí es más frío”, admite: “al principio no me gustaba mucho y me quería volver, es una cultura más individualista y desconfiada y no me adaptaba muy bien, pero ahora la entiendo y estoy mejor”. Más allá del deseo de encontrar novia, Moriba no puede pedir nada más. Todo le iría bien si, en realidad, con su vida normal fuese tratado de forma igual al resto de personas.

Víctima del racismo

Pero como decimos, Moriba es negro. Solo por eso parece que tiene que demostrar mucho más que ciudadanos con la misma vida y otro color de piel. Cuenta como todo el mundo piensa sobre él que era pobre en su país y no tenía ni para comer, que no sabe leer ni escribir, que no tiene estudios ni cultura, que vino en patera y que lo ha pasado muy mal para sobrevivir aquí. “Lamentablemente muchos paisanos míos han pasado por todo eso, sobre todo porque Mali decidió cerrar las fronteras y no dar visados y salir de allí es muy difícil, pero yo tuve la suerte de poder venir en avión y tengo que justificarme día a día por ello”, asegura.

Nota como la gente desconfía de él y se ríe un poco de lo asustadizos que somos los españoles. Cuenta que si viene un niño a hablarle la madre se pone nerviosa, que cuando se sienta en el metro mucha gente se levanta de su lado, que si entra a un cajero ve como la gente se coge el bolso…

“Me sorprende”, dice Moriba, “porque yo pensaba que en Europa la gente tenía mucho conocimiento y no se dejaba asustar por las apariencias, pensaba que África no sabíamos nada, que éramos más de creencias y que aquí estabais muy avanzados, pero me doy cuenta de que no es así, que os asustáis muy fácilmente”, asegura entre risillas.

Sus peores recuerdos en tierras valencianas los tiene precisamente por sufrir racismo. Un día, asegura, fue al médico de urgencias porque trabajando se hizo un corte profundo con una máquina. Esa misma noche lo trataron bien, le pusieron puntos y le instaron a ir a los pocos días a quitárselos. Cuando llegó, le atendió una médico con mala cara. No le preguntó absolutamente nada y empezó a quitarle los puntos sin ningún cuidado. Moriba asegura que el le pidió que parara, que le dolía mucho e incluso recuerda gritar. Cuando salió de allí, la recepcionista le preguntó que había pasado dentro y él se lo contó. Ella entró a la consulta y a los pocos momentos, Moriba escuchó como la médica decía algo así como que esos negros que vienen en patera no merecen nada. Sabedor de sus derechos, decidió denunciar al jefe médico y le escucharon. Le dijeron que echarían a la mujer de su trabajo pero el insistió en que solo quería que hablaran con ella para que no tratara así a nadie más.

Lo relata con una mezcla de asombro y rabia. Como el episodio del banco, en el que tuvo que llamar a la policía porque ingresó 300 euros en efectivo y se los tragó el cajero automático. Al entrar a la ventanilla a preguntar, nadie le creyó y le dijeron que no le iban a devolver nada, que era un mentiroso. Moriba llamó a un agente  y el personal del banco se comprometió a arreglarlo. A los pocos días volvió y le devolvieron solo 50 euros. Tuvo que llamar a la local tres veces más para que le tomaran enserio.

Asegura que en general en las instituciones le tratan bien, encuentra más reticencia en la calle y algunas veces le han gritado “negro de mierda”. Los primeros años de su estancia la policía le paraba a menudo para pedirle los papeles, pero afirma que la situación ha cambiado un poco y que ahora sólo te los piden si estás en un barrio dónde hay tráfico de drogas o si te ven en una situación extraña. “Negro y con mochila…”, puntos suspensivos, silencio y mirada de : “ya sabes”.

No piensa en volver a su país. Cuando tiene ganas de ver a su familia va a Zaragoza o a París y así recuerda su vida allí. Vivía bien, la comida era natural y fresca y la gente más amable. Al preguntarle si una persona blanca o de otra nacionalidad recibiría un mal trato en su pueblo se asombra. “Imposible”, responde. Cuenta que hay una ley para evitar los malos tratos a personas extranjeras, que son sobre todo inversores y hombres de negocios asiáticos, y que es muy dura. “Según lo que hagas, puedes acabar en la cárcel”, asegura.

Moriba no desea una ley así en España, solo que no le juzguen sin conocerle y sobre todo, que no le atribuyan nada negativo por su color de piel. Reímos. Sí. Esta es la sociedad avanzada de la que hablan en la televisión africana. La misma que se asusta por una cara negra.

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En 2015 se registraron en nuestro país 1.324 delitos de odio (aquellos que atentan contra una persona por su pertenencia a un grupo), según un informe del Ministerio del Interior. Un 13% más que el año anterior.  Dentro de ellos, el racismo y la xenofobia fueron los más comunes, sumando un total de 506 agresiones. Esta cifra es sólo la punta del iceberg, pues la mayoría no se registran y quedan impunes, haciendo más difícil la vida de cientos de ciudadanos a los que se juzga solo por motivos étnicos.

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