María, en furgoneta y a Grecia

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“Había una vez, un montón de estrellas de mar que habían quedado atrapadas en la arena por el fuerte oleaje. Se estaban ahogando y una niña las miraba porque las quería ayudar, así que empezó a lanzarlas al mar hasta que un adulto, que lo observaba, le dijo:

  • ¿Pero qué haces?
  • ¡Salvando a las estrellas!- contestó la niña.
  • Pero que tontería, ¡si hay miles de millones! Está la playa llena, no va a significar nada lo que hagas…

Ante esa obviedad, la niña cogió una estrella, la lanzó al mar y respondió: para esta sí ”

María narra este cuento al final de nuestra conversación. Sin darse cuenta, acaba de resumir su vida a la perfección. Es educadora social, tiene 43 años y a pesar de que insiste en que su vida es normal (hijas, trabajo, obligaciones), ha hecho algo extraordinario: creer en el poder de la ciudadanía activa.

Empezó como voluntaria a los 16 años y no ha parado hasta que ha creado Ballona Matata, una comunidad de amigos y activistas independientes a través de la que realiza intervenciones directas en los campos de refugiados griegos. Ahora mismo, su furgoneta bautizada como La Balloneta recorre Grecia transportando comida y personas allá dónde es necesario. Pero el camino, recuerda, no ha sido fácil, y mucho menos, directo.

Su vida de activista 

María llevaba unos años colaborando en Amnistía Internacional cuando empezó la guerra en Siria. En aquél momento, era portavoz de la ONG en Valencia y empezó a sensibilizarse con la causa a través de los informes y las campañas. Tanto fue así, que en pleno auge del éxodo sirio, decidió crear un grupo en Facebook que llamó Valencia Ciudad Refugio con el objetivo de unir fuerzas y preparar la ciudad para cuando llegasen los refugiados. “Quería proponer algo de ciudadanía a ciudadanía, hacer un llamamiento”, asegura.

Para su sorpresa, en pocos meses consiguió hasta 10.000 seguidores que empezaron a organizarse en comisiones y a preparar acciones. Poco más tarde, en octubre, el Ayuntamiento creó una plataforma aparte con el mismo nombre y empezaron los problemas. “No contactaron con nosotros en ningún momento, solo con el diseñador del logo, que les dio permiso. Podríamos haberlo hecho entre todos en vez de competir”, denuncia. “Todo es política, pero cuando algo se politiza, hay ciudadanía que se hecha para atrás”.

Por eso y otros problemas dentro de la plataforma, decidió desvincularse. Sobre todo porque la comisión jurídica en vez de apoyarles les puso muchas trabas y les amenazó con denunciarles. “Como los refugiados no llegaban, queríamos enviar ayuda humanitaria dónde estuviesen, hubo algunos problemas y tanto yo como el resto de fundadores decidimos abandonar la plataforma, pero no dejar la acción”, relata.

Ahí empezó su primer viaje. Cargada con 1.500 kilos de ayuda y acompañada de dos amigos, llegó hasta Nador (Marruecos) dónde en verano se habían registrado casi 2.000 personas de origen sirio que esperaban cruzar a Melilla.

Pasó allí las vacaciones de Navidad distribuyendo comida, ropa, zapatos y medicinas. “Esto último de estrangis, porque se supone que las medicinas no las puedes trasladar, pero hacían falta”, recuerda.

Con esa experiencia empezó a tomar conciencia de la importancia de ayudar a los refugiados en el lugar donde estaban siendo retenidos, en vez de esperar a que llegaran a nuestro país. Así decidió que tenía que ir a Grecia.

Su pensamiento coincidió con la decisión de la Unión Europea de blindar sus fronteras y cerrar un acuerdo con Turquía que impedía a estas personas llegar a los países comunitarios.

“Mucha gente siria empezó a apelotonarse en el norte de Grecia”, recuerda María, “querían cruzar a Macedonia para salir de la Unión Europea y empezaron a acampar en Idomeni, un pueblo griego a dos kilómetros de la frontera”. Allí se creó un campamento en el que llegaron a vivir hasta 14.000 personas y al que acudió María con una furgoneta para, en principio,  llevar gente a la frontera. Para ello, volvió a crear un evento en Facebook y con las donaciones alquiló el vehículo durante 15 días en semana santa.

“Allí ayudamos a asociaciones y particulares que ya estaban trabajando en la logística. Empezamos a llevar a la gente a los puntos fronterizos pero nos podían poner multas de 8.000 euros por tráfico ilegal de personas así que buscamos otras maneras de ayudar. Nos dimos cuenta de que el activismo por cuenta propia funcionaba muy bien y de que la logística era fundamental”, asegura.

La Balloneta: una furgoneta independiente 

Pero ser activista independiente en los campos empezaba a complicarse. “Se han militarizado y ya no puedes entrar si no eres una asociación”, explica María. Esto le motivó para crear Ballona Matata, que no es una ONG sino “una familia, un grito a Hakuna Matata (vive y se feliz) pero con nombre de mujer y con la palabra “ballon”, que es globo en inglés”. Lo de Ballon es un guiño a los niños de Idomeni, aclara, “porque era una de las palabras que más gritaban en el campo”.

Su primera acción fue organizar un festival en La Rambleta para recaudar fondos, que alcanzaron un total de 7.000 euros. Con ellos compraron la Balloneta, una furgoneta de 9 plazas que dos amigos llevaron cargada de material de parvulario a Grecia. Su primera parada fue en los squads de Atenas (casas ocupadas dónde viven personas refugiadas), pero desde junio no ha dejado de funcionar. “Está en manos de activistas independientes, gente que conocemos de nuestro entorno”, relata María. La han utilizado para llevar a niños a vacunarse y que los admitiesen en los colegios, para repartir ácido fólico a las mujeres embarazadas de los campos, para llevar frutas y verduras… “ Hace tanta falta que uno de nuestros próximos proyectos es comprar un camioncillo para poder transportar mas cosas: la Camionata”, afirma María con la ilusión de quien espera que algo salga bien. Desde junio, la Balloneta ya ha llevado a 50 voluntarios a bordo.

La Juanavana: un legado del tío Juan 
convertido en clínica ambulante 

 Pero Ballona Matata tiene muchos más ideas en marcha y como el destino a veces está de nuestra parte y las malas noticias se convierten en buenas, hace poco pudieron comprar una caravana para implementar su proyecto de atención psicológica y médica a las mujeres embarazas, que sufren una situación especial de vulnerabilidad. Su objetivo inicial era llevar un equipo de matronas al campo de Idomeni, pero lo desalojaron en mayo y tenían el plan en espera. El tío Juan, como lo llama María, les dio el empujón que necesitaban: construirían una clínica ambulante para ir de campo en campo.

Juan es un señor mayor de Ayora muy involucrado con los refugiados. Falleció hace pocos meses y dejó una herencia de 1.500 euros que la familia donó a Ballona Matata. En su honor, la plataforma compró una caravana que costó justo ese dinero y la bautizó como la Juanavana. El 1 de noviembre la llevaron al instituto de Formación Profesional de Alcoi, dónde los estudiantes la están arreglando para que aterrice en Grecia en abril. Menciona con énfasis al IES Cotes Baixes de Alcoi, el IES Tirant Lo Blanc de Gandia y el IES Cid de Benicarló, a cuyo alumnado y personal del centro agradece toda su implicación.

“Es precioso ver como jóvenes de 16, 17 y 18 años, futuros carpinteros, electricistas o  mecánicos están participando en esto”, explica María. Parece contenta porque este proyecto simboliza todo en lo que ella cree: una ciudadanía capaz de organizarse y salvar estrellas por su cuenta. Para ella, se trata de un acto de rebeldía, una manera de decirle al gobierno que no están de acuerdo con sus políticas.

“España ha gestionado solo 500 de las 17.000 solicitudes de asilo que se había comprometido a tramitar. El sistema hace que todos formemos parte de estas decisiones que se toman y si no hacemos nada estamos consintiendo esta vulneración de derechos humanos. No soy una heroína ni nada por el estilo, solo una persona normal ejerciendo mi derecho a la desobediencia civil. Esta es mi manera de decirle al gobierno que no estoy conforme con sus decisiones y de demostrárselo a las personas a las que le afectan, en este caso, las refugiadas”, detalla María.

La Juanavana estará lista a principios de abril y ya cuenta con el apoyo de SOS Odontólogos, que les han solicitado el espacio para enviar a higienistas dentales a pasar consulta. “Mi consejo”, concluye María, “es que quien tenga esa espinita de ayudar que no lo piense y se vaya a Grecia”.

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Según las últimas cifras de ACNUR, 381.442 personas cruzaron el Mediterráneo en 2015. De esta cifra total, 258.365 llegaron a Europa a través de las islas griegas de Quíos, Samos, Kos, y sobre todo Lesbos. Durante 2016, muchas más lo han hecho, pero no se tienen cifras oficiales. De ellas, el 54% eran personas sirias que han quedado atrapadas en Grecia.   Javier de Lucas, catedrático de derecho experto en migraciones, asegura que lejos de una crisis humanitaria, se trata de una crisis de humanidad.

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