Explotación laboral en el campo, Sako a fondo

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Sako es ingeniero civil, lleva 10 años en España y recoge mandarina por menos de 20 euros al día. Nunca esperaba trabajar en el campo, pero por motivos políticos tuvo que huir de su país y aquí nunca tuvo otra oportunidad. Santiago es de Ciudad Real y acaba de llegar a Gandía para hacer la temporada. En su primer trabajo le han obligado a pagarse la Seguridad Social y el transporte, lo que prácticamente no le deja ganancias al final del día. Cada uno tiene su historia, pero les unen las malas condiciones laborales a las que les han sometido las Empresas de Trabajo Temporal (ETT), que por lo general, no respetan los convenios ni los derechos del trabajador. Los dos coinciden en que la precarización del campo valenciano es la peor del estado español.

Delia García, responsable de la Federación de Industria, Construcción y Agroalimentaria, explica que el cambio de modelo de trabajo en el campo ha permitido una estructura de “pantallas e intermediarios, que cada vez es más compleja”. Denuncia que tanto la aparición de las ETT como la de los grandes distribuidores que fijan el precio de compra de la fruta (Mercadona, Consum…) han contribuido a esta situación. Los mayores incumplimientos, dice, tienen que ver con que las ETT pagan la mitad del precio establecido por convenio, obligan a los trabajadores a pagar el transporte, les venden las herramientas que van a utilizar y les dan de alta sólo los días que trabajan.

“Ganar 25 euros al día y tener que pagar 
8 de transporte y 3 de seguridad social 
es una explotación” (Delia García)

Su forma de trabajo es contratar a personal temporal capitaneado por un cabo que pone una furgoneta de 9 plazas y al que le pagan mínimo 4 euros diarios por trayecto y persona, lo que suma 72 euros en concepto de desplazamiento. La ETT lleva la cuadrilla entera al campo y les paga según la cantidad de kilos que recogen, una modalidad conocida como trabajo “a destajo” que se estipula en el convenio como una anormalidad. Además, los precios oscilan entre los 0,50 y los 0,90 céntimos el cajón de 20 kilos, menos de la mitad de lo que paga una cooperativa. Los trabajadores coinciden en que según el cítrico y el tipo de campo, un cajón se recoge en unos 10 minutos, por lo que, tomando las mejores condiciones, necesitarían 5 horas para conseguir 30 euros, de los que destinarían 8 al transporte y 3 a la seguridad social, que también pagan con su salario. Denuncian que al cobrar por cantidad y no por horas, realizan mucho trabajo extra que no se les remunera, como cargar el camión o limpiar las hierbas, tareas que pueden llevarles hasta 4 horas diarias.

“A veces salíamos a las 6 de la mañana y llegábamos a casa a las 9.30 de la noche, pero la mitad del tiempo lo pasábamos en el trayecto y esperando a que todo el mundo cargara sus cajones en el camión, por lo que el día que más trabajábamos entre mi mujer y yo ganábamos unos 55 euros netos”, explica Santiago.

Además, si un día las condiciones meteorológicas no son buenas, las ETT no les llaman para trabajar y les dan de baja, lo que provoca que a final de mes tengan menos días trabajados y su derecho a ciertas prestaciones sean menores. En realidad, el Convenio establece un mínimo rendimiento para que los trabajadores “a destajo” cobren al menos la cantidad mínima si por condiciones ajenas a ellos mismos, como la lluvia, no pueden trabajar. Pero por norma general, esto no se cumple.

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Sako y otros compañeros decidieron entrevistarse con CCOO y UGT para saber si estas condiciones eran las adecuadas. “Nos enseñaron el libro con las reglas (el convenio), y vimos que estamos cobrando la mitad y además pagando el transporte, cuando por ley lo debe de pagar la empresa”, explica el trabajador. No obstante, tanto él como sus compañeros necesitan el trabajo para pagar el alquiler, mandar dinero a su país y lo más importante: mantener los papeles. En su cuadrilla son todo personas migrantes que quedan totalmente expuestas a esta situación de explotación, pues sin cotizar a la seguridad social pierden el derecho de trabajar en España.

Ambos han sido peones agrarios en otras provincias y denuncian que la realidad allí es muy diferente. Santiago ha trabajado siempre en el campo en Ciudad Real y nunca ha ganado menos de 50 euros al día. Sako se ofusca y no entiende porqué con lo larga que es la temporada de recogida de naranja, no se cuida al trabajador: “La campaña en Valencia es de 6 meses, una de las más largas de España, en Lérida, dónde trabajé, es sólo de dos y se cobraba siempre por horas de trabajo… aunque fuera muy poco, yo lo preferiría”, asegura. A Santiago lo que más le molesta es la diferencia de precios. Suspira y se pregunta: “¿si yo cobro 0, 65 céntimos por caja de 20 kilos de naranja y en el supermercado se vende 1 kilo a 0,65 céntimos, qué pasa con los otros 19 kilos?”

 Oferta de diciembre en milanuncios: “Trabajo hasta abril con naranjas, se necesitan cuadrillas con experiencia. Alta en la seguridad social. No es por ETT, que no te engañen”

Delia aconseja a los trabajadores que denuncien porque las ETT son muy difíciles de controlar, pues cambian de nombre y domicilio a menudo.

“Ahora la administración está un poco más de cara y ya se han multado a 19 de ellas, pero no sabemos los nombres y no nos los facilitan”, explica. Para ella, la gravedad del asunto necesita de una intervención de las autoridades públicas, ya que estas empresas favorecen el trabajo por obra y servicio en vez del fijo discontinuo, con mejores condiciones. “Podrían cumplir su papel si se usaran como se debería, cuando el empleador vea que con sus trabajadores no terminan el trabajo, contrata a uno temporal a través de esas empresas y ya está”, afirma.

Asegura que Dirección de Trabajo las multa pero no las ilegaliza, por lo que pueden seguir haciendo su trabajo y contratar a gente sin cumplir ningún Convenio.

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La precarización del sector, cultivo 
para la xenofobia

Santiago y Sako no se conocen. Quizás, si lo hicieran, Santiago no arremetería contra las personas migrantes como culpables de la explotación laboral. “Hay 40.000 negros y 40.000 ecuatorianos a los que les da igual si cobran 20 euros, así que nada, a matarnos a patadas”, se queja.

Las malas condiciones y la falta de oportunidades laborales son un caldo de cultivo para el racismo y la xenofobia, pues enfrentan a personas pobres nacidas en España con la que vienen de fuera. Tienen las mismas necesidades y les empujan a competir por un puesto de trabajo precario. Para Delia García esto no es una particularidad del campo, sino más bien una consecuencia de la crisis. Explica que mucha gente había dejado de trabajar en la naranja pero por necesidad económica quiso volver y se encontró con personas migrantes que ocupaban esos puestos de trabajo. “No les gustó, y además, los migrantes no suelen saber sus derechos”, afirma Delia.

No obstante, muchas veces no se trata de una cuestión de desconocimiento o poca implicación, sino de falta de alternativas. Sako explica como las personas migrantes no pueden decidir porque si pierden el contrato de trabajo ya no pueden renovar los papeles y tienen que irse del país o continuar en la clandestinidad.

Él sabe sus derechos y defiende la mejora de las condiciones para todos por igual, porque así “gana toda la sociedad”. Le sorprende que una situación similar se de en España, “que tiene tantas reglas” y lamenta sentirse explotado en un trabajo tan necesario: “nos tratan como si no fuese un empleo digno y me siento mal”. 

Su historia es solo un ejemplo de un viaje migratorio forzado que termina en explotación laboral en España, y a ella dedicamos este primer a fondo.

Sako, a fondo

Sako abandonó Guinea Conakry hace 10 años. Aterrizó en Madrid, pero le pareció una ciudad tan grande que decidió venirse a Valencia a trabajar en la naranja. Durmió en el cauce del río Turía mucho tiempo, no conocía a nadie ni tenía ningún lugar al que ir. Un día, un chico de Malí le ofreció el sofá de su casa y se mudó con él. “La solidaridad entre africanos”, recalca todavía con una sonrisa al pasado.

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Fue retomando su vida poco a poco. En Guinea había estudiado ingeniería en la universidad y trabajaba como ayudante de ingeniero civil. Construía carreteras, hospitales y otras infraestructuras que el gobierno de Japón donaba a su país. En ese momento, Guinea estaba prácticamente aislada, había una dictadura muy dura y no había casi presencia extranjera, “ni trabajo”. Sako criticó a los dirigentes, que llevaban 54 años en el poder, y distribuyó panfletos en los que hablaba de pluripartidismo y democracia. “En Guinea no entraban ideas, no entraba nada, había un partido único y una sociedad militarizada, sin libertad de expresión”, explica. Le buscaron y tuvo que mudarse con su familia a otra región. Le buscaron de nuevo y decidió irse al país vecino para no poner en riesgo a sus hijos. Emigró a Sierra Leona y desde allí consiguió un visado Shenguen para España. “Venía a por mi un escuadrón militar”, recuerda, “si no hubiese escapado no estaría aquí”.

Después de vivir en casa de su amigo maliense contactó con la Comisión de Ayuda al Refugiado (CEAR) y le dejaron una habitación en un piso durante un año, pero luego tuvo que irse y se mudó al albergue social de la Avenida del Puerto. “Ves muchas cosas, es un poco duro…”, relata. Ahora, Valencia Acoge le ofrece apoyo y formación.

Desde 2012, Sako tiene papeles para trabajar pero le han costado muchísimo. En plena crisis, es difícil encontrar un empleo en el que te hagan un contrato y el campo se convierte en una de las pocas opciones. Nunca había trabajado en el sector agrícola y por eso cuenta como al principio se reían de él porque iba muy lento. “A las pocas semanas me acostumbré”, recalca con sentido del humor.

Hoy ya lleva 7 de experiencia a sus espaldas. Es empleado de una ETT en Burriana, dónde va todas las mañanas en una furgoneta por la que abona 8 euros diarios. Le pagan por caja y si hay lluvia (algo frecuente esta temporada) no recibe ningún dinero. Cobra 1,30 céntimos por cajón de 20 kilos de mandarina y 0,80 por las naranjas. Le gustaría que las condiciones fueran como en “un trabajo normal” y le da mucha pena que los dueños tampoco tengan dinero para nada: “los campos no están cuidados, hay muchos abandonados porque cuesta mucho dinero y los propietarios no lo tienen, una vez uno me contó que le pagaban 0,30 céntimos por la caja de 20 kilos…”, expone Sako.

Está contento porque el año pasado pudo visitar a su mujer y sus dos hijos. Llevaba 10 años sin verles. Muchos de sus amigos están muertos y aunque el país ha sufrido un cambio político importante, afirma que el cambio social tardará un poco en llegar. “Todavía se tiene la misma mentalidad que antes, yo el primero”, dice entre risas , “iba por la calle pensando que aún me podía pasar algo, durante la dictadura todos los guineanos tenían un arma, cada guineano era militar y cada militar era guineano”.

Su país, recuerda, es muy rico en recursos naturales y materias primas. Tiene tantos ríos que antes lo llamaban “los ríos del sur” y ha sido colonizado y explotado por holandeses, ingleses y franceses. A Sako le gustaría volver, pero más adelante, cuando todo este mejor. Mientras, va siguiendo el crecimiento de sus hijos por teléfono, desde dónde muestra sus fotos con alegría y orgullo. Si pierde el contrato con la ETT, perderá sus papeles y no podrá enviar dinero a su casa… así que pese a las malas condiciones, debe aguantar. Él, que abandonó su hogar y su trabajo por difundir ideas de libertad. Él, que debería de haber tenido el estatus de refugiado político que le permitiese no aceptar estas condiciones laborales. Él, que es una historia más de cómo se define la esclavitud en el siglo XXI.

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