Rosa y Toni, amar en una cueva

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Rosa y Toni me reciben en su vivienda en el centro de la localidad de Paterna. Al entrar, se escucha un silencio absoluto de esos que pesan, un silencio que se oculta bajo el suelo y la roca. Su casa, es una cueva.

Toni es hijo de andaluces y nació entre estas húmedas paredes en las que sus padres llevaban años viviendo. Se mudaron en 1957 junto con muchas otras familias a las que la riada acababa de destrozar las chabolas amontonadas en el cauce del río Turia. Se trataba de personas de otras regiones de España que habían llegado a Valencia para trabajar y, por lo general, eran muy pobres. Así que muchos empezaron a ocupar las cuevas de Paterna, una especie de casas excavadas en el suelo que existen desde hace aproximadamente 200 años.  Los alquileres eran muy baratos (se tiene constancia de que en 1881 el alquiler valía 1 peseta), pero cuando el nivel de vida empezó a mejorar y la modernidad llegó a España, mucha gente las abandonó y la zona quedó bastante deteriorada.

Entre ellos, estaba Toni, que vivió allí hasta los 20 años. Él y Rosa eran novios desde los 15, pero la cosa no funcionó y al final cada uno hizo su vida. Él se mudó a Liria dónde desarrolló su trabajo como fontanero, se casó y tuvo hijas; y ella consiguió un trabajo en la Asociación de Ferreterías de Valencia que todavía conserva. También se casó y tuvo un hijo.

De vuelta a su juventud

35 años más tarde, gracias a esas decisiones que se toman sin todo el sentido común del mundo, su historia empezó de nuevo. Toni volvió a Paterna porque sus hermanos querían vender la media cueva que les quedaba de su padre y a él, de alguna forma, le dolía. Así que decidió mudarse allí, arreglarla y conectar de nuevo con su vida bajo tierra. Su trabajo le pillaba más cerca así que lo consideró una buena opción. Al principio, cuenta, fue un poco complicado y su mujer decidió abandonarle porque no quería vivir allí, pero él sentía una conexión difícil de describir que le impedía despegarse de esas cuatro paredes. Los vecinos estaban luchando mucho por conservar el lugar, que el Ayuntamiento quería ver convertido en museo, y Toni quiso formar parte de esa lucha, mantener viva una zona declarada patrimonio cultural. Sin saberlo y gracias a esa determinación, la cueva le ha devuelto su juventud: ha vuelto a encontrar a sus amigos de siempre, a enfundarse el traje de “cohetero” que tanto le gustaba, a almorzar en el bar y a encontrarse con el amor de su vida.

A Rosa le dijeron que Toni había vuelto a Paterna. “¿A la cueva?”, no se lo podía creer. Le agobiaba la idea de imaginarse bajo tierra en un lugar tan húmedo y silencioso. Por eso ahora se sorprende de cuánto le gusta estar allí. Coincidieron un día por la calle, se buscaron en Facebook y sus caminos volvieron a cruzarse. Rosa se separó y aunque conserva su piso, pasa muchos días en casa de Toni, sobre todo los fines de semana.

A él se le ve feliz. A veces las decisiones difíciles tienen grandes recompensas: “hay que arriesgarse”, dice, “escuchar al corazón”, así el tiempo te va dando lo que quieres.

Una casa hecha con sus propias manos

Ha arreglado la cueva con sus propias manos, pintado todas las paredes con cal, hecho instalaciones de agujeros de ventilación para evitar la humedad, tapado los patios para que no entre la lluvia, hecho un paellero en la “terraza”… Así que muestra su casa con orgullo. Es consciente de que vivir en una cueva tiene sus contras, el mantenimiento es más complicado que un piso normal (por ejemplo, hay que pintarla al menos una vez al año) y al ser patrimonio cultural cualquier obra exterior que quieres hacer necesita unas licencias un poco complicadas, pero él no lo cambia por nada del mundo.

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No le costó nada volver. Recuerda que cuando era pequeño allí vivían muchas familias. “Como son agujeros excavados en la montaña”, explica, “a su alrededor era todo campo para correr, había animales, niños, cultivos…”. Lo recuerda con añoranza. Ahora es una explanada de cemento que los vecinos usan para aparcar, pasear a los perros o ir en monopatín. “Hasta como wáter”, denuncia Rosa, “y no sólo los perros, hemos visto a personas también”. Dicen que el Ayuntamiento no se implica demasiado en la zona y que en un momento sólo quiso comprar las cuevas para evitar que se utilizaran como viviendas. “6 o 7 de ellas son de titularidad pública, pero no se usan para nada, están cerradas e inutilizadas”, asegura Toni, al que le gustaría que se promoviera su uso como vivienda social.

Los dos parecen felices, pasean juntos por la casa, preparan café y me enseñan todos sus rincones con cierto orgullo. Vivir en una cueva les da tranquilidad y les aísla de este mundo tan frenético, algo que, dicen, con la edad se valora mucho. Las preguntas son constantes: ¿y no hace mucho frío? ¿os entra agua cuando llueve? ¿tenéis desagüe? ¿cómo os llega la luz? ¿hay calefacción? Los dos se ríen, y con razón. La cueva es cálida y no se necesita regular la temperatura para vivir. Nada más entrar, te invita a quitarte el abrigo y a sentarte cómodamente en el sofá. Además, en verano es fresca y ni siquiera hace falta aire acondicionado. “La gente cree que vivimos en un agujero”, explica Toni, “pero aquí se está muy bien, sólo hay que tener pendiente la humedad y un buen sistema de respiración para que no se caigan las paredes”.

Él aprendió de su padre todos los trucos para convertir un agujero bajo suelo en un hogar y con ellos va remodelando su casa con tranquilidad. Ahora que es jubilado, afirma, ha recuperado todo lo que le hacia feliz en su niñez… “¡pero con más lujos!”, recalca. La modernización ha traído las tuberías y se ha llevado el pozo ciego, el único baño que había en la casa cuando él era pequeño.

Le encanta que entre luz natural todo el día y decidir cuando conectarse con el mundo de arriba. A Rosa, una mujer de ciudad e independiente, le agobiaba verse metida en un agujero pero reconoce que tomar un café con esa tranquilidad no “se paga con dinero”. Su hijo todavía no lleva muy bien que su madre viva en una cueva y no ha querido visitarla… pero fuera de lo que las palabras y los prejuicios esconden, siempre hay realidades que vale la pena descubrir y decisiones que vale la pena tomar. Bienvenidos a la casa de Toni y Rosa.

Se cree que las cuevas de Paterna tuvieron su origen en 1824 y que a mitades del siglo XX ya se habían construido casi 520 viviendas de este tipo. Deben su existencia al trabajo de mucha gente sin recursos a las que la montaña dio la oportunidad de tener una casa digna. En 1978, con el abandono de las mismas, se autorizó la demolición de muchas de ellas. Gracias a personas como Toni todavía hoy podemos vivir un pedazo de nuestra historia y reivindicar la vuelta a estos espacios en los que, con voluntad política, muchas familias podrían recuperar el techo digno que han perdido a causa de la crisis.

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