Leandro el resiliente

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Rendirse nunca ha sido lo suyo, dejarse llevar por las emociones negativas tampoco. Por eso, cuando se enteró con 29 años de que tenía cáncer, lo enfrentó con una naturalidad poco común.

Leandro es de Brasil, Sao Paolo. Estudió electricidad pero siempre ha trabajado de cualquier cosa: en la calle, en hostelería, en la obra… Narra su vida como lo haría una persona que ha pensado mucho sobre ella, desgranando cada momento y analizando cada una de sus acciones. Una entrevista con él, pienso, es como un capítulo de una serie de esas de forenses y policías, pero con un filósofo como sospechoso.

Le escucho. Se pide un té. Reconoce que antes del cáncer se hubiera tomado una cerveza, pero lo hace sin tristeza. Ahora tiene 32 años y lleva casi tres conviviendo con su enfermedad: un cáncer de nasofaringe que apareció de repente.

Cuenta que jamás se lo hubiera esperado. Él era un vividor, una de esas personas independientes y activas que hacen que el día parezca más largo de lo normal: trabajan, hacen deporte, salen de fiesta… y siempre, todo, con una sonrisa. Llevaba unos años viviendo en España, en Barcelona , y casi dos en Irlanda. Notaba que estaba resfriado y tenía muchos mocos, pero lo confundió con un constipado común. Al poco tiempo, le salió un bulto en el cuello que interpretó como una contractura de hacer deporte, a pesar de que era del tamaño de media bola de billar.

El día que iba a conseguir sus papeles para trabajar de forma legal en el país, decidió ir al médico. Tras 9 días de pruebas en el hospital y dos biopsias le diagnosticaron la enfermedad. “Una de las cosas que nunca me hubiera imaginado en mi vida es que tendría cáncer”, relata, “sabía que podía tener un accidente de coche haciendo carreras o que se me podía romper una cuerda haciendo puenting, pero un cáncer no. La vida me ha tocado por un lado que no esperaba, algo que nunca me había dado curiosidad o de lo que había buscado información”.

Le sorprendió. Se notaba como la persona más sana del mundo, siempre había tenido sueños grandes y la vida le iba bien. Nos conocemos en un viaje en blablacar (coches compartidos) de Denia a Valencia. Él viene de una visita al doctor. Sonríe tanto, que parece increíble cuando, con toda naturalidad, me dice que viene de revisar como sigue el cáncer.

P: Convivimos con tantas historias de cáncer a nuestro alrededor pero parece tan ajeno a uno mismo que debe ser extraño que de repente te digan que una de esas personas vas a ser tú… ¿Cómo reaccionas?

R: Pues al principio me asusté mucho pero me di cuenta de que todas las emociones que había vivido me habían preparado para ese momento, yo siempre fui una persona muy impulsiva, llevaba un ritmo demasiado rápido, el cáncer me ha ayudado a observar más la vida interna y menos la externa.

P: ¿Quieres decir que decides parar un segundo a mirarte por dentro?

 R: Sí, y a pensar que era algo por lo que tenía que luchar pero que no era algo que iba a matarme. Muchas personas se habían recuperado de eso, entonces yo utilicé el beneficio de sus historias para analizar lo que tenía que hacer. Y pensé que de todo lo mal, tenía que hacer lo mejor. En ese momento mi mente empezó a retroceder, en vez de mirar todo lo que me quedaba por hacer, intenté fijarme en todo lo que había hecho.

P: Y después de tanto tiempo fuera de casa, ¿por qué Denia, no pensaste en volver a Brasil con tu familia?

R: Lo pensé, pero me di cuenta de que el choque emocional iba a ser muy fuerte. Si iba ahí, las 150 personas de mi familia me iban a abrazar, a llorar encima de mi… Yo ya iba a estar consumido por el dolor e iba a tener que luchar contra mi mente negativa, si tenía mucha gente llorando a mi alrededor no me iba a ayudar, le iba a sumar sufrimiento sin querer. En Irlanda hacía mucho frío y es muy caro estar allí sin trabajar, por eso decidí volver a España. Pensé en Barcelona porque tenía muchos amigos, pero es una ciudad súper viciosa: la playa, fiesta, chicas todos los días, mucha comida…

Yo sabía que no iba a poder hacer nada de eso y no quería estar encerrado en un apartamento alimentando deseos que no puedo conseguir. Entonces pensé que me tenía que apartar de todo . Mi ex pareja me dijo que su madre vivía cerca de Denia, en Sella, que era un sitio muy tranquilo y que sería buena idea para encontrar la paz. Al principio era un poco difícil pero empecé el tratamiento y mejor.

 P: ¿En qué consiste el tratamiento?

 R: Fueron 40 sesiones de radioterapia en el hospital de Benidorm y quimioterapia en el de Denia.

P: ¿Y notaste que te recuperabas rápidamente?

 R: Se me cayó el pelo, las cejas, me quedé muy flaco…. La verdad es que no podía ni mirarme al espejo, pero sabía que la parte física iba a recuperarse y que lo importante era mantener la parte mental bien. En 15 días perdí el apetito, no podía hablar, me dolía la garganta, no podía comer…. En 3 sesiones de radioterapia yo estaba completamente raro, cuando llevaba 10 le decía a una de mis médicos, “¿oye, me vais a curar o me vais a matar?” ¡Llevaba 10 y necesitaba 30 más! Pensaba, ¿cómo voy a hacer esto? Lo primero que aprendí fue que no te puedes abandonar a ti mismo y que tienes que escuchar a tu cuerpo, porque él te va a decir lo que le apetece hacer.

P: Parece algo bastante duro para pasarlo solo…

 R: Creo que necesitaba estar conmigo mismo y no necesitaba el sufrimiento de los demás. En ese momento estaba con mi pareja pero sufría de verla sufrir. Al final dejamos la relación, me costó mucho porque se fue con otra persona, pero todo se supera y creo que a la larga fue mejor, que yo tenga cáncer no significa que la vida de todo el mundo tenga que pararse. Soy una persona espiritual. Siempre me ha gustado mucho estar conmigo y me he analizado mucho. Estaba viviendo la vida demasiado rápido y estaba perdiendo esa capacidad del autoanálisis. Hacía muchas cosas guays pero en realidad no eran cosas que perduraban, solo emociones que se acaban en poco tiempo. Hacer muchas cosas está bien, trabaja la mente, pero no acabar las cosas y nunca tenerlas a largo plazo creo que está mal. Cuando viví en Barcelona me di cuenta de que cambiamos mucho las relaciones personales, conoces a gente, están 3 meses en tu vida y se van… Así, sucesivamente.

Te acostumbras a que las cosas son buenas por un poco tiempo. Tu mente lo absorbe y piensa que todo va a ser así. Igual de los 20 a los 30 años puedes vivir así, pero no puedes seguir ese parámetro toda la vida, porque tu mente no está aprendiendo a ganar está aprendiendo a perder. No acabas nunca de valorar las cosas porque se van…

Hacía muchas cosas guays pero en realidad no eran cosas que perduraban, solo emociones que se acaban en poco tiempo. Hacer muchas cosas está bien, trabaja la mente, pero no acabar las cosas y nunca tenerlas a largo plazo creo que está mal.(…) Te acostumbras a que las cosas son buenas por un poco tiempo. Tu mente lo absorbe y piensa que todo va a ser así. Igual de los 20 a los 30 años puedes vivir así, pero no puedes seguir ese parámetro toda la vida, porque tu mente no está aprendiendo a ganar está aprendiendo a perder. No acabas nunca de valorar las cosas porque se van…

P: Y con esto aprendido, ¿notas que tu vida ha cambiado mucho?

R: Debido al choque emocional, ha cambiado un poco, pero no mis valores… Tener cáncer también supone algunos cambios. A mi me encanta el deporte, me encanta comer, me encanta hablar, me encanta estar por ahí, etc., pero ahora lo tengo que disfrutar de otra manera, cuidarme más. Por ejemplo, en vez de tomarme dos copas malas de 5 euros pues pago 10 y me bebo una buena copa. Solo una. No tengo prohibido beber pero se que me afecta de forma negativa, así que no lo hago mucho. También me encanta el beicon, antes me comía un kilo por el puro deseo de comérmelo, ahora un poquito alguna vez. Tengo que controlar cada uno de mis deseos para poder disfrutar de ellos sin que me perjudiquen.

P: Escuchado tus reflexiones, parece que a partir de un hándicap tan grande como un cáncer te has replanteado un poco la vida…

 R: He tenido que parar , sí, mi cuerpo no era capaz de seguir a mi mente. Necesitaba tomar más tiempo para mi, no hacer 30 cosas en un día, si estoy feliz haciendo una cosa, disfrutarla y no interrumpir esa felicidad para hacer otra. Mucha gente de la que me conocen me han dicho: oye, ¿te has parado a pensar si el cáncer ha venido porque necesitabas un freno? Hubiera sido bueno valorar algunas personas, sobre todo. El cáncer fue un choque pero me hizo parar y ver todo lo que había aprendido.

P: Creo que debe de ser muy difícil ser siempre tan positivo…

R: Sí, tengo mucha actitud pero también mis bajones. Dentro de casa sobre todo, porque no quiero influenciar a la gente. No me gusta quedar con amigos para contarles las penas porque es un proceso muy largo y agotador, no una pena de un día. Me encierro conmigo mismo, me pongo música que me gusta, cocino… A veces no puedo hacer algo pero en vez de ofuscarme pienso, vale, eso no lo puedo hacer, pero ¿qué puedo hacer ahora? Muchas veces también me equivocó con mis decisiones, pero lo tomo como parte del aprendizaje.

P: Viéndote con tanta energía parece increíble todo lo que has pasado. A veces pensamos en alguien con cáncer como una persona muy enferma, ¿tú en algún momento te has sentido estigmatizado por convivir con esta enfermedad?

 R: Creo que se piensa que una persona con cáncer es alguien con muchas necesidades que hay que cuidar. Si tu lo aceptas con más naturalidad, la gente lo ve con más naturalidad porque quitan esa sobre preocupación de encima de ti. Para mí eso es lo que más te estigmatiza, todo el mundo que te conoce te quiere cuidar y decirte lo que tienes que hacer. Muchas veces conozco a alguien en un bar, estamos hablando, me cuentan su vida y al rato me invitan a una copa. Cuando digo que no, insisten un poco, “¿un brasileño que no bebe? . Entonces digo que lo siento que tengo un cáncer y no puedo, y como ya llevamos un rato hablando, la gente me dice que no puede ser, que no se habían dado cuenta para nada, que lo sienten… Así que no he sufrido una estigmatización de una manera negativa, sino positiva, de exceso de preocupación.

P: ¿Y por qué es eso, se da una visión estereotipada quizás por los medios de comunicación?

R: No sé si los medios de comunicación, yo creo que es todo a nivel cultural. En la escuela nadie te enseña como manejar los sentimientos. No tenemos educación emocional o educación culinaria para saber cómo consumir los alimentos. Así creceríamos mucho mejor, más sanos, y entenderíamos muchas cosas. No aprendemos nada de psicología, sales de la escuela sin experiencias de vida, la vida es un casino, tomamos actitudes a la suerte y cuando ya te ha salido todo mal, entonces necesitas ir a un psicólogo, pero ¿por qué solo se usa la psicología cuando tenemos un problema y no como una constante, algo de manera preventiva? Necesitamos una educación así, pero claro así no consumiríamos tantos fármacos, tantas cosas y no valemos…

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Hablamos largo y tendido frente a dos tazas de té. Leandro recuerda su vida en Brasil. Nunca lo ha tenido fácil pero su familia siempre lo ha querido mucho. A los 13 años jugaba en un equipo de fútbol sala semi-profesional y soñaba con viajar a Italia y tener la oportunidad de hacer una prueba. Fue su primera ilusión de salir y conocer el mundo. Viene de un barrio pobre de Sao Paolo, dónde siempre trabajó en la calle. Su primera gran enseñanza fue a los 16 años, cuando mataron a su mejor amigo en una fiesta por un accidente. “Apareció un chico en una moto, disparó y se fue, todo el mundo corrió, hubo mucha confusión y justo mi amigo llevaba la misma camiseta amarilla que el de la moto, le pagaron hasta que lo mataron”, relata. Cuando se dieron cuenta de que era él, Leandro sufrió un choque emocional muy fuerte y empezó a tener un ansia de venganza difícil de parar.

Vio como su vida empezaba a irse por el mal camino y al final siguió el consejo de sus padres y se fue 6 meses a vivir al Amazonas con unos tíos suyos, para tomar un poco de distancia. “Salí de mi barrio, de esa ciudad tan caótica y empecé a valorar otras cosas, a ver que todo no lo necesitamos comprar, que se puede construir y crear”, recuerda. Por eso, cuando volvió a Sao Paolo, no se encontraba, sentía que ya no encajaba en ese ambiente, pero trató de continuar con su vida.

Empezó a trabajar en un laboratorio de productos químicos en el que fabricaban fármacos.Él era la parte primaria del proceso separando las materias primas que venían de todas las partes del mundo. “Tailandia, Estados Unidos, Japón… veía esas etiquetas todos los días, como una señal de que tenía que viajar”, asegura. Un día se estresó mucho en el trabajo, él era un chico joven, había empezado en el laboratorio con 18 y tenía ya 21 años. Le pidió a su jefe unos días para relajarse y buscar otro trabajo porque no se sentía valorado. “Un crío sin estudios y de una barrio pobre no va a encontrar un trabajo mejor”, le dijo. Salió de allí muy enfadado y llamó a un amigo para desconectar. Le invitó a unirse a una cena esa misma noche porque la tía de su novia acababa de llegar de España y necesitaba a alguien que le enseñara la ciudad.

Así fue como conoció a Talia, su pasaporte de entrada a España. Pasaron un mes de vacaciones en el que él le hizo de guía por Sao Paolo, tuvieron mucha conexión y empezaron a estar juntos. Ella le observaba mucho y le decía que con esa actitud tan positiva en España iba a tener muchas oportunidades. Así que decidió que viajaría con ella. Al principio iba a venir sin papeles, pero un día ella le dijo que si se casaban todo iba a ser más fácil para él. No era amor incondicional y ambos lo sabían, pero se querían a su manera. “Entonces me casé, contra la opinión pública”, se ríe Leandro. Su familia estaba en shock. Su madre le dijo que no podía presentarse de un día para otro diciendo que se iba a casar y que se iba al otro lado del mundo. Le aterrorizó con que le iban a secuestran para vender sus órganos o prostituirle, que eso decía la televisión. Pero él estaba feliz, porque por primera vez había tomado una decisión completamente suya.

Cuando llegó a Barcelona fue a vivir a Granollers y fue el primer brasileño de ese barrio. En ese momento, Ronaldinho y Ronaldo eran los dueños del mundo, por lo que todos lo recibieron con bastante alegría. “¡El brasileño, el brasileño!”. Empezó a trabajar de electricista e instalando aires acondicionados con un chico uruguayo y le fue muy bien. Lo de los aires, cuenta, fue un poco tentar a la suerte porque ninguno de los dos tenía mucha idea, pero compraron un manual y se pusieron manos a la obra. Ganaba mucho dinero, pero trabajaba todo el día. Recordó sus días en el Amazonas y empezó a hacer otras cosas, entre ellas, entrenar voluntariamente a algunos niños a fútbol. Al tiempo, se mudó a Barcelona ciudad y terminó su historia con Talia.

Trabajó 4 años en el Hotel Arts, dónde aprendió muchas de las cosas que le han servido para afrontar el cáncer. El amor y  la vida le llevaron a Irlanda, dónde vivió 2 años más. Con todo esto en las espaldas, cuando llegó el cáncer se preguntó… “Leandro, ¿has aprendido tantas cosas y todavía no sabes cómo utilizarlo?”. Por eso, paró un poco y decidió aprovechar lo que sabía.

Ahora está de baja laboral pero necesita trabajar para mantenerse. Invierte en bolsa desde su ordenador y hace algunas horas como camarero. Cuando le dicen que ha tenido mucha suerte dice que no. Que se trata de un trabajo diario:  “luchar de una manera afortunada no es tener suerte, sino compromiso”, asegura.

No sabe cuánto tiempo tardará en recuperarse del todo, y por su respuesta, parece no saber si volverá estar al cien por cien algún día. Todavía sigue yendo a las revisiones y lleva unos trozos de plástico en el cuerpo para inyectarse la medicación. Su ilusión está puesta en su próximo proyecto. Quiere convertirse en entrenador personal en el área de motivación y bienestar para compartir todo lo que ha aprendido y ayudar a los demás. Mientras lo escucho, pienso en un adjetivo que leí hace poco en un video de esos de motivación:  Resiliente, o aquella persona que sale fortalecida de una experiencia traumática.  Sorbo el té, ya casi está oscureciendo. Sí, suena un poco raro, pero así titularé esta historia. Leandro, el resiliente.

Resiliencia:  Capacidad de adaptación de un ser vivo frente a un agente perturbador o un estado o situación adversos (RAE)

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