Rizwan, el vendedor de rosas

– ¡Hola Mónica!

–   Hola Rizwan, ¿la noche bien?

– Sí, sí, gracias, ¿y tú?

Este diálogo se repite cada vez que salgo a cenar o a tomar una copa. Rizwan siempre pasa sonriente entre la gente con un ramo de rosas rojas en la mano. Sale bien vestido con su chaqueta negra y gomina en el pelo, podría parecer que tiene una cita pero, en realidad, empieza su jornada de trabajo. No hay noche en que las calles de Denia lo echen en falta, sale como la luna y me pilla, de vuelta, en todos los bares. Salvo que él, nunca se sienta a tomar algo en estas sillas y nunca olvida sus flores cuando sale a pasear.

De soldador a vendedor de ramos

Rizwan es de Gujrat, Pakistán, una localidad cerca de la zona de conflicto de Cachemira. Llegó a Denia hace dos años porque su primo y su hermano ya vivían aquí. Hasta entonces, trabajaba soldando puertas en su país pero quería una vida diferente. “En Pakistán hay muchos problemas, no hay respeto, está todo muy sucio…”, explica. Su familia le contaba que en España estaba bien y cuando tuvo 26 años no lo dudó más: quería emigrar.

Habla bien castellano pero le cuesta contar historias largas. Por eso no sé si voló a Italia o a Francia, pero la cuestión es que llegó a Europa en avión y de alguna forma, consiguió llegar a Denia en autobús. Aquí vive en un piso con su primo y su hermano, que le ayudan con sus gastos y el alquiler. Pero él no quería estar de brazos cruzados esperando su permiso para trabajar de forma regular y decidió vender rosas. Su primo también lo hizo cuándo acababa de llegar. Tiene claro que es un trabajo momentáneo mientras regulariza su situación, que ya está en trámites.

Todas las semanas va a buscar las mejores flores al mercadillo de Benidorm, a Xeraco o cerca de Mercavalencia. Compra unos 10 ramos de 20 flores a la semana y camina y camina hasta que los vende todos. Está feliz con lo que gana. Afirma que un día entre semana puede ganar 15 euros como mucho, pero que algún sábado ha llegado a ingresar hasta 40. Cada ramo le cuesta 15 euros, por lo que si vende 20 rosas a un euro, en realidad, sólo gana 5 euros esa noche. “Es verdad”, contesta contrariado, “pero a veces las consigo vender a 2 euros, cada uno me da un poco lo que quiere”, asegura.

Problemas de un oficio ambulante

Le gusta vivir aquí, está “más tranquilo” y en general la gente le trata bien, aunque como en todos los trabajos a veces tiene problemas. Sabe que trabajar de noche tiene sus riesgos y ya ha aprendido que cuando hay mucho alcohol de por medio, todo el mundo cambia un poco. “Cuando se bebe, no hay tanto respeto”, afirma.

 Por eso, “muchas veces” le han hablado mal. Relata como un día en un local de Denia un chico le pidió flores (“amigo dame un par”) y luego no se las quería pagar. Le dijo que no tenía dinero. Rizwan no quería problemas pero le insistió en que era su trabajo. No le hizo caso. Al final, el portero le ayudó. “Carlos entró, les preguntó porque no me pagaban y sacaron el dinero enseguida”, asegura. Habla muy bien de Carlos. Dice que es un buena amigo suyo y recuerda que un día le llevó la primera tortilla de patatas que había probado en su vida.

 Hace memoria y sigue con el relato. Recuerda como una vez un señor inglés le cogió un ramo y se lo tiró al suelo. Le estropeó casi todas las rosas pero no pudo hacer nada. No puede llamar a la policía y teme meterse en problemas que perjudiquen sus permisos.

El año pasado le multaron con 500 euros por no tener clara su situación administrativa y ha estado 6 meses pagando la sanción a plazos para no tener deudas con el Estado. Saca un papel bien doblado dentro de una funda de plástico y un poco nervioso la pone encima de la mesa. Es la multa. 84,75 euros de pago todos los meses. La lleva siempre en el bolsillo y se la enseña a la policía cuando le pide los papeles para vender rosas, con la esperanza de que no le sancionen otra vez. “Me suelen hablar bien aunque me piden mucho la documentación, les agradezco mucho como me tratan…”, asegura.

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Una de las cosas que más le ha costado es aprender castellano. En Pakistán nunca fue a la escuela y no sabe leer ni escribir. Si a eso le juntas un abecedario completamente diferente al suyo, que tampoco maneja, parece increíble que en sólo dos años pueda mantener una conversación como la de hoy. “Voy dos veces a las semana a unas clases de castellano para extranjeros que da gratis el ayuntamiento”, explica, “hay alemanes, ingleses, indios… de todo, está muy bien y el profesor es muy bueno”. Le gustaría saber leer y escribir pero le cuesta mucho y en clase son demasiada gente. Sabe que esto le imposibilita tener un trabajo como camarero y que sólo podrá cocinar o fregar. Pero está contento porque ha aprendido a hablar rápido y se maneja a la perfección. Dice que sólo quiere trabajar, que es joven, tienes ganas y sirve para cualquier cosa, por eso ya ha empezado a llevar su currículum a algunos sitios.

No piensa que sufra racismo o discriminación por su origen y reitera mil veces que España le gusta mucho. “Qué sí, que mi vida aquí me gusta mucho, no hace calor y está todo limpio, además me gusta mucho la paella y la tortilla de patatas”, reitera ante mi insistencia por sacarle las quejas.

Está feliz. Ayer fue la primera vez en dos años que fue a comer fuera de casa… “Madre mía, fui al Wok, ¿conoces? Es un buffet libre, pagas 12 euros y puedes comer todo lo que quieras, carne, pescado… ¡lo que quieras! Comí una barbaridad”, relata entre risas, como visualizándose a sí mismo comiendo solo por primera vez y llenándose a más no poder.

Pequeños placeres de la vida que quizás ahora podrá empezar a disfrutar. Ha ahorrado un poco de dinero porque su ilusión es volver a Pakistán de vacaciones y está pensando incluso en apuntarse al gimnasio. No bebe alcohol porque es musulmán practicante, pero quizás algún día me lo encuentre tomando un té en una terraza, con las manos libres y sin rosas encima de la mesa. Vamos, como todo hijo de vecino. Como esta tarde de café que hemos compartido.

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