Jóvenes sin protección ni alternativa, los refugiados olvidados de Grecia

Detrás de la estación de tren de Thessaloniki, 60 jóvenes de Afganistán y Pakistán viven en un edificio en ruinas sin más asistencia que la de las ONG independientes. El dueño de la finca quiere desalojar el lugar y ni el gobierno griego ni ACNUR ofrecen una alternativa. Sin ninguna protección, son uno de los objetivos de los traficantes de personas que operan en la zona

FOTO C

Ahsan es el primero en esperar fuera del edificio. Sabe que hoy llega un equipo de dentistas y quiere aprovechar la ocasión para que le revisen los dientes. Hace un mes que llegó a Thessaloniki (Grecia) y, desde entonces, vive en una casa en ruinas que comparte con unos 60 jóvenes pakistaníes y afganos.

Ninguno tiene papeles ni el estatuto de refugiado: en medio de la crisis siria, su situación no es una prioridad. Para ellos es difícil demostrar que necesitan asilo y la definición de la Convención de Ginebra les deja fuera del sistema de protección, pues tienen dificultades para demostrar una persecución objetiva que les otorgue la tarjeta de refugiado. Muchos pasan el día en la oficina de asilo de la ciudad, esperando obtener un “sí” que les abra las puertas de una vida nueva.

El edificio dónde viven está justo detrás de la estación de trenes, en un distrito lleno de oficinas. Éste era el punto de encuentro con traficantes de la zona al que acudían migrantes de toda Grecia para conseguir salir del país heleno, pues el cierre de fronteras les había dejado sin posibilidad de viajar a Europa y solo les quedaba la vía ilegal. En muchos casos y a pesar de los pagos, el traslado nunca tuvo lugar y jóvenes y familias ayudados por el movimiento okupa de la ciudad empezaron a tomar el edifico. El verano pasado convivieron juntas casi 200 personas. El olvido, las paredes rotas, las tiendas de campaña viejas y la pasividad de las autoridades, no ayudan a que la situación mejore.

 

Ayudados por pequeñas asociaciones

Los únicos actores que trabajan en la zona son algunas ONG independientes, una de ellas española. Gema es cooperante de GBGE, una asociación vasca que lleva 1 año y medio sobre el terreno. Su organización reparte comida y cena y asiste a los jóvenes en otras necesidades. Les entregan maquinillas de afeitar, agua u organizan la limpieza del lugar, ya que ahora mismo se ha extendido un brote de sarna. “Mañana vamos a limpiar entre todos para que durante el tiempo que les queda allí, tengan mejores condiciones”, asegura, mientras muestra las charcas de agua estancada y basura con las que conviven.

En el edificio todos son muy jóvenes, entre veinte y treinta años, e incluso hay algún menor.   Duermen en la parte de abajo enrollados en sacos de dormir y se levantan cuando quieren porque no les esperan en ningún lugar. “Algunos pasan el día recogiendo cartones, otros en servicios sociales, otros en la oficina de asilo… se intentan buscar la vida”, relata Gema. Casi todos han tenido problemas con la policía por no tener documentación y muchos de ellos han estado arrestados. Hablan de ello con naturalidad mientras hacen cola para que el equipo de SOS Odontología Social, una ONG española que lleva una clínica ambulante, les revise los dientes.

Senan es uno de los primeros pacientes. Lleva dos años en Grecia y ha pasado 8 meses en la cárcel. No quiere contar porqué, pero dice que fue algo relacionado con los papeles y que ahora no sabe a quien acudir. “Sólo necesito solucionar mi situación para seguir adelante”, asegura, enseñando un papel de la policía que siempre lleva en el bolsillo.

Ahsan espera para ser atendido. Está contento porque ha conseguido un escrito que le permite no tener problemas con las autoridades, pero no le da derecho a nada. “Todos los días a la seis, pronto, voy a la oficina de asilo a preguntar, porque la policía me dijo que con esta hoja me citarían para una entrevista , pero aún no me han llamado… siempre me dicen que vuelva mañana”, relata.

Va vestido con la única muda de ropa que tiene y llegó a Grecia después de cruzar Irak y Turquía, con la esperanza de tener una vida mejor. No esperaba que Europa le recibiría de esta manera y cree que en otro país , “como Alemania o España”; tendrá más suerte. Estudió Comercio Internacional, habla un inglés perfecto y a pesar de sus 27 años de edad ya ha trabajado en medio mundo: Malasia, Tailandia, Turquía, Pakistán…

 

Blanco fácil de las mafias

Quiere marcharse del país heleno cuánto antes ya que, afirma, vive con la misma inseguridad que en su país. “Hay mucha mafias que operan en la zona”, especifica. La mayoría son personas afganas o pakistaníes que llevan muchos años en la ciudad y han ido tejiendo redes de extorsión. Según relatos de varios jóvenes, se presentan en el edificio por la noche y les obligan a acompañarles a sus pisos y a llamar a sus familias para pedirles dinero.

“Eso, o nos meten mucho miedo para convencernos de que salgamos de Grecia y les paguemos, nos mienten para llevarnos a Macedonia, un viaje por el que nos piden hasta 2.000 euros… “, relata Ahsan, que asegura que a él le amenazaron en mitad de la noche con un cuchillo y por eso ahora duerme en la playa. No tiene zapatos, solo unas chanclas que combina con unos calcetines blancos para combatir el frío. A su familia le dice que todo va bien, que tiene un buen sitio para dormir y que va a conseguir un trabajo para cuidar a sus hermanos. Es el mayor de tres.

Muchos de estos jóvenes ven como pasan los meses sin que su situación mejore y terminan viendo en la mafia su única opción, o bien para cruzar a otro lugar o para trabajar con ellos. Esta semana el ACNUR (la agencia de Naciones Unidas para los Refugiados) ha planteado la primera iniciativa para ofrecer asistencia a estas personas, pero la ayuda llega “once meses tarde y no sabemos en que términos va a ser”, denuncia Gema. El dueño del edificio quiere desalojar su propiedad y, de momento, la posibilidad de realojar a estos jóvenes no parece una alternativa. “Lucharemos para que el tiempo que estén aquí, al menos, estén lo mejor posible”, afirma Gema con la ilusión y las ganas de quien cree en un proyecto.

 

  MÁS INFORMACIÓN 

Después de escuchar estos relatos, #vidasyvenidas pasa una mañana en un parque pequeño detrás de la estación de trenes que las ONG tienen identificado como “la esquina de la mafia”.  Efectivamente, varios hombres adultos de origen centro asiático ocupan varias esquinas del lugar. Sentada en un banco y tomando un café les observo. A los cinco minutos, llega un señor de apariencia pakistaní en una taxi con una maleta azul. Se sienta en un banco a 2 metros de su equipaje e inmediatamente se le acercan dos  personas, le chocan la mano y siguen a lo suyo. 15 minutos más tarde aparece un coche, el señor se sube y desaparece entre el tráfico. Como el parque está justo al lado de la estación nadie que lleve una maleta es sospechoso de nada, pasa totalmente desapercibido. En el mismo espacio hay también muchos hombres griegos arreglando bicis y un par de cafeterías. Hay un coche rojo esperando un buen rato en la parte izquierda, me espero hasta que lo veo partir. Creo que detrás van dos mujeres. Si tomamos la opción más larga, probablemente les lleven hasta Skopje, la capital de Macedonia, a 250 kilómetros. Un trayecto por el que aseguran pagar hasta 2.000 euros.

Las políticas restrictivas con los refugiados y los migrantes sólo sirven para que unos pocos se enriquezcan y para que éstos utilicen todos sus ahorros en llegar a un lugar, en vez de invertir en una vida mejor.

 

 

 

 

 

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