Moayen, una huída a ninguna parte

Moayen5 Moayen con su hija después de la atención odontológica 

Describir a Moayen es tan difícil como insensato, creo que cualquier cosa que pueda decir se quedaría corta. Lo conozco poco pero sé que es un buen padre, una buena persona y un buen ciudadano. Su sonrisa, su manera de hablar y como lo trata todo el mundo me lo indican. Sus ganas y la manera en la que interactúa con los demás, también.

Es el primero en esperar junto a dos de sus hijas enfrente de la juanavana en la que SOS Odontología Social ofrece atención odontológica. Lleva 1 año y 2 meses en Grecia y por fin ha conseguido un piso en el edificio “White House”, en el que los dentistas realizan su primera visita.

Vive con su mujer, sus 5 hijos y su madre en la segunda planta, en un espacio amplio pero vacío pagado por una ONG holandesa en el que tienen un par de colchones y alfombras. El edificio no tiene ascensor. Esto no sería un problema si su madre no tuviera 80 años, pesara 100 kilos y fuera en silla de ruedas… Aunque después de las proezas que ha hecho para traerla hasta aquí, las escaleras parecen un obstáculo insignificante.

Su viaje desde Siria

 Moayen no quería abandonar su país pero no le quedó más remedio. Es bombero y trabajaba en el sur de Siria, en el estado de Is Darra dónde empezaron las manifestaciones contra el gobierno de El Assad. Cuando estalló la guerra decidió que su deber era seguir trabajando y ayudar, así que se quedó en su país con su familia hasta febrero de 2016. Prácticamente ha vivido toda la guerra.

Tomó la decisión de huir después de que, según explica, “varios aviones rusos” bombardearan su centro de trabajo y el gobierno le exigiese entrar en el ejército, ya que era funcionario público. Él no quería matar a nadie, más bien salvar vidas por eso se había hecho bombero, así que decidió que lo mejor era marcharse.

Cruzó toda Siria de sur a norte con su familia detrás, empujando a su madre en sillas de ruedas y salvando todos los problemas y peligros que huir implicaba: era un desertor del ejército y por tanto, estaba condenado a muerte.

“Ha sido muy difícil todo el trayecto, sobre todo dejar Siria… con una orden de entrar en el ejército está prohibido abandonar el país y además cruzarlo es peligroso porque hay muchos grupos armados controlando distintas zonas”, asegura Muayen, que no quiere relatar mucho más de este viaje.

Vueltas y más vueltas en suelo griego 

 Quién diría que después de aquello, le quedaba aún lo más difícil. Estuvo un tiempo en Turquía y cuando por fin consiguió llegar a Grecia le hicieron estar 20 días en la frontera. “No lo podía creer, lo peor fue que después de esa espera cerraron la frontera y ya no pudimos pasar, somos de los primeros que vivimos esa situación, la suerte no estaba de nuestra parte”, relata Muayen. Así que esperaron y esperaron hasta que al final les realojaron en el campo de El Korso, de dónde se fueron hace algunos meses.

“Parece insensato, pero no podía quedarme ahí con mi familia”, asegura, “el baño estaba a 200 metros de nuestro contenedor (llaman así a los módulos prefabricados en los que viven) y como las calles no están asfaltadas y llovía mucho, llevar a mi madre al baño arrastrando la silla de ruedas por el lodo era desastrosos”. Pidió varias veces el realojo en un piso de Naciones Unidas, pero le decían que debía esperar. Al final se marchó. Cogió a su familia y consiguió un piso en la ciudad de Kilkis y un trabajo como voluntario. Lamentablemente la asociación tuvo que irse y dejar la vivienda, por lo que Muayen tuvo que buscar otra opción. Así es cómo terminó en este pequeño pueblo del Norte de Grecia, Polikastro, y cómo empezó a vivir en la “White House”.

Aquí vive a gusto y tranquilo. Pero su vida está parada, no encuentra trabajo remunerado y necesita dejar atrás todo lo vivido. Por ello, ha pedido asilo en Alemania aprovechando que uno de sus hermanos está allí. Está feliz porque justo esta semana le han avisado de que tiene que ir a Atenas a ver en qué país lo realojan. Todavía no se lo cree….

Mientras, para entretenerse, es voluntario en la asociación española Acción Directa Sierra Norte, creada por un manchego pensionista con las ideas igual de grandes que el corazón. Julio ha iniciado dos proyectos: una cocina móvil dentro de un camión gigante que se trasladará por el mundo para ofrecer comida a personas en urgencias humanitarias; y un supermercado y horno gratuito dónde personas con necesidades, sobre todo refugiados, pueden acercarse a hacer la compra semanal. En este último proyecto trabajo Muayen, enseñando a otros voluntarios a hacer pan árabe, un alimento fundamental en la alimentación siria.

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Reflexiones junto a un café 

Habla con serenidad y alegría. Sentado en el colchón-sofá de su salón se sincera:

Lo que más rabia me da es que las grandes organizaciones pagadas por dinero público, como ACNUR, tengan cientos de trabajadores cobrando sueldos para darnos mantas, buscarnos piso, limpiar el campo…Todo eso lo podemos hacer nosotros, llevamos toda la vida viviendo, no nacemos ahora. Sabemos buscar un piso, comprar ropa, cocinar… solo necesitamos recursos, que nos vean como personas capaces no como ignorantes”, asegura.

Se siente agradecido pero por otra parte muy desprotegido por Naciones Unidas, no porque no trabajen sino porque dice que no les ven como personas autosuficientes y prefieren “tener muchos empleados cobrando 2.000 euros al mes que emplear ese dinero en ayuda directa a las familias”.

Con tantos meses de espera y tiempo de sobra para pensar, Moayen es consciente de todas las dificultades: entiende a los griegos, la situación económica que pasa el sur del Europa, los problemas de la gente… pero siente “rabia” por la hipocresía política, tanto en Europa como en Oriente Medio.

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Habla de Israel, de los apoyos en la zona, de la dificultad de que acabe la inestabilidad en Siria… “Siento que es como una pequeña guerra mundial pero en un solo país: está la cuestión de Israel, del control de la tubería de petróleo que saldría al mar por Siria desde Arabia Saudí, de la influencia de Irán y Rusia en la zona…”, explica, dando comienzo a una larga conversación sin conclusiones firmes. No entiende como los mismos que luchan contra el ISIS son los que le venden las armas y asegura que este grupo armado no es su mayor problema, solo uno más al que hacer frente.

Recuerda la Siria en la que vivía. Pone énfasis en que la educación era muy buena, en que era un país bastante rico y estable, con mucha historia y filosofía. La luz, por ejemplo, era gratuita en todos los hogares. El problema, dice, es que la familia de Al Assad controlaba toda la riqueza y no había libertad de expresión, por lo que la gente pidió un cambio. Ahí empezó la guerra, con unas manifestaciones que se han aprovechado por parte de grupos armados y de Estados para librar batallas que ya no tienen nada que ver con la cuestión siria. Hablamos largo y tendido. Moayen no tiene ninguna esperanza… “Por lo menos hasta dentro de 20 años no habrá paz en mi país, lo veo muy difícil, por eso quiero una vida en otro lugar para mi, mi mujer y mis hijos”, concluye.

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El problema actual de la mayoría de personas refugiadas en Grecia es que ven truncada su posibilidad de llegar a un país en el que poder rehacer su vida. Muchas familias están separadas y  las vías legales de acceso a la reubicación o reunificación son muy lentas  e ineficaces. Por personas como Moayen, que abandonó su país por no participar de una guerra absurda, abramos las fronteras.

 

 

 

 

 

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